Jericó debe caer.

Llegó el temido día: aquellos que no aceptaron las nuevas condiciones de uso de WhatsApp se enfrentan a la cruda realidad, es decir o se acepta que se comparta su información personal con Facebook o sencillamente no tendrán acceso al servicio de mensajería instantánea más popular del mundo occidental.

El aviso llegó hace un mes, y con él la posibilidad de contestar: “Ahora no”. Nótese que no fue un NO definitivo, dejó la puerta abierta para que en cualquier momento se pudiera cambiar de opinión, de modo que cada persona tuviera el tiempo necesario para tomar su propia decisión.

Por supuesto todo este entramado fue claramente planificado; los expertos de Facebook con seguridad calcularon que el anuncio causaría indignación ya que era la ruptura de una promesa hecha cuando la red social compró el popular servicio de mensajería. Así que se tomaron todo el tiempo necesario; la prensa especializada y la popular publicaron sendos artículos, mas o menos agresivos… Y el ruido duró una semana, el cotilleó en los pasillos a lo mucho otra semana más y el asunto se olvidó. Tenemos una memoria tan corta…

Y hoy llega el tan terrible día, ha quedado claro que es un tómalo o déjalo completo, a partir de cierta fecha muy cercana (depende del día exacto en que cada quien recibió la notificación), los usuarios que no han aceptado las nuevas condiciones no tendrán acceso al servicio. ¡Y vendrá el pánico! Como es usual muy pocos de los que no aceptaron el nuevo escenario han tomado medidas (si es que las hay) y ahora tienen que tomar la decisión en un instante. ¡Y no están preparados! No establecieron un plan de contingencia con sus contactos, no se han puesto de acuerdo para usar alguna otra opción de las muchas que hay, y saben con certeza que si ahora intentan cambiar se toparan con que la mayoría de sus contactos no cuentan con la aplicación que han seleccionado. Peor aún podría darse el caso que se tuvieran que instalar muchas de ellas para mantener abierta la comunicación con al menos la mayoría de ellos. Y los móviles no tienen una capacidad infinita ni para contener tantas aplicaciones, ni mucho menos para gestionarlas a todas de forma simultanea.

¿Opciones? Hay muchas y en realidad absolutamente ninguna, y no estoy hablando de capacidades, ni tecnológicas ni de ninguna otra especie. La verdad es que todas ellas husmean en nuestra información, nuestros datos, y en lo más íntimo de nuestra privacidad. ¿La razón? La maldita publicidad. Todas absolutamente todas sacarán provecho de nosotros en su propio y exclusivo beneficio, para que al final nos veamos inundados de esa “mejor” publicidad, “acorde” a nuestros intereses particulares.

Así que el verdadero monstruo no es Facebook, no lo es su filial WhatsApp, ni ninguna otra empresa similar. El verdadero peligro es la totalidad de la “¿industria?” de la publicidad. Ese es el adversario sobre el que deberíamos enfocar todas nuestras baterías. Para poder ya no digamos erradicar, aspiremos en principio a limitar su alcance (ninguna guerra se gana en una sola batalla). ¡Hay que combatir a la publicidad en general!

Una vez iniciado el proceso de abuso, lentamente, pero con paso seguro han aparecido las contramedidas tecnológicas, incluso en el móvil. Cada día se añaden al catálogo de programas, aplicaciones que bloquean la publicidad, unas son mas efectivas que otras por supuesto; e incluso hay algunas que son claramente fraudulentas o de una ética aborrecible. Pero de la misma forma en que cualquier aplicación maliciosa termina por ser eliminada, la basura será enviada a un rincón donde morirá por falta de usuarios.

Estoy seguro que la pereza y la dejadez de muchos los llevará a simplemente no hacer nada, y en realidad no se necesita que seamos la totalidad de los usuarios los que nos reusemos a consumir publicidad. Basta con un número suficiente, una masa crítica que amenace la supervivencia tanto de los servicios que incluyan publicidad proveniente de esta abusiva recopilación de información íntima y personal, como de los propios anunciantes que comiencen a sentir que sus dineros invertidos en esa forma de publicidad son directamente enviados a la cañería. En ese momento, con la fuerza del tintinear de sus monedas, cual las trompetas de Josué frente a las murallas de Jericó, será como caerá este perverso modelo.

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