Todas las distribuciones, grandes y pequeñas.

¿Variedad o fragmentación? Es sin duda la pregunta que cualquiera que se detenga por un momento a revisar la gran cantidad de distribuciones GNU / Linux que existen termina por plantearse. Y no cabe duda que la pregunta es pertinente.

Las propias 4 libertades del software libre más que permitir la variedad de distribuciones, desde mi punto de vista impulsan su continuo ciclo de renovación. Las distribuciones nacen, crecen, se desarrollan y en muchos casos envejecen y mueren prematuramente.

Muchos sostienen que la existencia (y peor aún, la interminable sucesión de nuevos nacimientos) de tantas distribuciones es un obstáculo para la tan anhelada consolidación de las distribuciones en el escritorio de las PC de este mundo. Sostienen y no puedo negar que sus argumentos son atractivos, sería mucho mas provechoso que los talentos y habilidades de cada comunidad se unieran en un número reducido de macro comunidades, o incluso en una sola mega comunidad para dar lugar a unos pocos o a un solo sistema operativo capaz de arrasar definitivamente con sus contrapartes de código cerrado.

La teórica belleza de esa unidad de propósitos es sin duda encantadora. ¿Cuántos avances se podrían tener con tan poderosas comunidades? ¿Qué increíbles mejoras en rendimiento, seguridad y estabilidad se podrían conseguir? ¿No podría ser esta la fórmula para conseguir esa definitiva apariencia y estética que sedujese a los usuarios? Incluso hay quien se pregunta si este camino no llevaría a lograr que las distribuciones fueran rentables y que en consecuencia sus miembros se encontraran económicamente recompensados como resultado de sus contribuciones, como con toda justicia debería ser.

Estas voces se escuchan con mayor fuerza en aquellas ocasiones que se presentan circunstancias adversas en el mundillo del software libre. Cada vez que desaparece una distribución nos lamentamos y se aprecia como un desperdicio de tiempo y talento. En cada ocasión que aparece un distribución cuyo leitmotiv se aprecia únicamente como un tributo a la vanidad de sus creadores. Cada vez que se presenta un desacuerdo “irreconciliable” que a los profanos nos parece mas que intrascendente, completamente estúpido.

Las comparaciones son odiosas, pero como negar que los grandes sistemas operativos cerrados avanzan a paso firme, con rutas claramente trazadas y con una unidad de propósitos evidente. No es posible obviar que a pesar de sus defectos técnicos (olvidándonos de los éticos) gozan del favor popular, tanto de los usuarios como de los fabricantes de computadoras. ¿Será que los miembros de las comunidades de las distribuciones son simplemente ineptos en estos fundamentales asuntos? ¿Son solamente pandillas de primaddonas berrinchudas, exhibicionistas y elitistas?

Si se observa solamente así, especialmente cuando los medios filtran las desavenencias, desacuerdos, insultos o incluso los pleitos “a muerte” entre sus miembros; los usuarios nos preguntamos si vale la pena seguir tanta discusión, desavenencia y encono; caemos en la tentación de desear que surja un súper Linus (Torvalds) que reúna a todos estos chiquillos con mano de hierro y los ponga a trabajar sin chistar mirando hacia una meta clara y por un camino bien trazado.

Por desgracia este idílico modelo tiene una falla fatal: La rigidez. Las distribuciones se forman alrededor de una idea central: Una forma de distribución, un escritorio, un modelo de actualización, un gestor de paquetes, una meta de rendimiento, un público objetivo, una idea de negocio, un ideal estético y no sé cuantas cosas diferentes mas. Y sobre este ideal desarrollan su trabajo enfocando sus energías para lograr el mejor sistema operativo que cumpla con esa meta.

Sin importar como o cuando se forma una distribución, si tiene éxito, con el paso del tiempo se integra una comunidad que se adhiere a ese ideal. Por regla general las decisiones son tomadas por consenso y cada miembro de esa comunidad tiene un peso específico de acuerdo a sus aportaciones (y por que no decirlo, por sus habilidades de comunicación) y así se conforma una forma particular de meritocracia.

Pero como es natural las personas suelen cambiar en sus intereses y prioridades, y lo que ayer tenía el número uno de la lista, es apreciado con una visión nueva cada día. Surgen nuevas propuestas tecnológicas, nuevos programas, cambia la situación económica, o incluso la política. Y en este continuo cambio, y dependiendo de cada quien, ocurre que cada distribución va modificando su desarrollo. Este continuo cambio (o incluso un estancamiento) no resulta como es evidente, conveniente para todos; entonces los miembros de la comunidad pueden intentar convencer al resto de la necesidad de tomar tal o cual ruta, lo que por lo general no es fácil.

Cuando uno o varios miembro de una distribución dejan de compartir la visión de los otros y adquieren una nueva, suele ocurrir que la comunidad se divide (incluso se da la escisión de un solo individuo o este programador nunca ha pertenecido a una comunidad) y algunas veces esto da origen a una nueva distribución. Este proceso continuamente repetido ha permitido la aparición de sistemas operativos que intentan responder a esos nuevos intereses.

La rigidez propia de cada comunidad, necesaria para su propia estabilidad, también es con frecuencia un obstáculo para el cambio y la innovación, cuando es sentido así, es el momento de crear una nueva distribución que tenga como meta satisfacer tal o cual objetivo nuevo, o incluso para preservar el objetivo original que se considera injustamente abandonado.

Nadie tiene la verdad absoluta en sus manos, las distribuciones así surgidas permanecen y prosperan en la medida que crean a su vez nuevas comunidades y su sistema operativo alcanza una masa crítica de usuarios que las encuentran convenientes para su uso; desaparecen cuando no se dan estas condiciones.

En estos continuos nacimientos aparecen con frecuencia las innovaciones que serán de uso común en los sistemas operativos, y sin este continuo proceso de ruptura muchos de ellas terminarían por desaparecer antes de ser siquiera probadas por falta de interés de las comunidades rígidas. Esto sin duda sería una tragedia mucho mayor que el ocupar solamente un pequeño porcentaje de instalaciones en las PC de todo el mundo.

Las innumerables piezas que componen el software libre necesitan de las distribuciones, porque es en ellas donde se materializa su uso y por ende pueden progresar en base a la experiencia que se obtiene versión a versión. Por lo general y a menos que se trate de un proyecto en el que una mayoría esté de acuerdo (asunto excepcional), necesitará de aventureros que se animen a su implementación.

Una mega comunidad, o una pocas comunidades muy grandes, terminarían por ser tan inflexibles que matarían antes de nacer muchos desarrollos. Tendríamos que preguntarnos si vale la pena el riesgo de perder por anticipado los avances tecnológicos que proponen, a cambio de un avance teóricamente firme en unas pocas direcciones. Nada garantiza que este avance en una dirección lleve a buen puerto a sus distribuciones. Por el contrario la situación actual al menos permite realizar el intento una y otra y otra vez.

Reconozco que como todos muchas veces me siento frustrado, las cambios que fallan me erizan los cabellos de la nuca y como cualquiera profiero maldiciones cuando algo que trabajaba bien deja de hacerlo en una nueva versión de la distribución, pero con todo lo prefiero a perder la posibilidad de ser testigo y partícipe del cambio. Con la situación actual tengo la libertad de elegir, puedo permanecer con un sistema operativo sólido, casi inmutable como Debian por muchos años y simultáneamente puedo probar y probar cuanta novedad aparece y me apetece.

Todas las distribuciones, las grandes y las pequeñas, las viejas y las nuevas, son necesarias para el desarrollo del software libre y este necesita de tantas posibilidades como pueda conseguir para progresar. Aprendamos pues a disfrutar esta situación en lugar de lamentarnos por ella.

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3 pensamientos en “Todas las distribuciones, grandes y pequeñas.

  1. Pingback: Snap: vientos de cambio | El Gato con Linux

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