Cuando solamente se mira el propio ombligo.

Durante las dos últimas semanas se han publicado numerosos artículos en la Red acerca de la “crisis” que representan los bloqueadores de anuncios para las empresas que obtienen sus recursos de la publicidad; tanto para los medios que la exhiben como los sitios de noticias, como para los que la distribuyen al estilo de Facebook, Google y otras.

Si me tienes algo de paciencia y me acompañas en una breve crónica de las primeras horas de cualquiera de mis días, además de que seguramente te sentirás identificado, tal vez podamos juntos entender mejor lo que sucede en realidad.

Temprano suena la alarma del reloj y bastante adormilado me dirijo al cuarto de baño para asearme. A punto de ingresar a la ducha observo que hay que colocar una pastilla nueva de jabón, saco del gabinete una, pero en lugar de que la envoltura solamente me indique la marca y la variedad, también contiene algunas “hermosas frases” que me indican “lo bello que me quedará el cutis” (???) y lo refrescado que me sentiré después de usarlo.

Dentro de la ducha al tomar el envase del shampoo observo que además de la insinuante foto de una modelo con un cabello “sensacional”, tiene impresas frases alusivas a la sedosidad que obtendré, y como mi cabello se mantendrá en mi cráneo muchos años, casi afirma que ahí seguirá después de que mi calavera se encuentre en la fosa.

Anuncios impresos en cada producto que uso en el cuarto de baño como la pasta dental, el enjuague bucal, la máquina de afeitar y el producto que uso para mantener mis rebeldes rizos en un lugar decoroso, me aseguran que dejo la habitación del aseo “mas hermoso que nunca”. ¡Falso cada día más viejo y más feo!

En la mesa del comedor el envase me asegura que “la leche ABZ es pura y auténtica de vaca y que además cada vaca es muy feliz”. Por supuesto no faltan las grandes referencias a que está adicionada con vitaminas y minerales que me “harán crecer fuerte y sano”. Cuando caigo en la cuenta de tanta cosa, casi siento nauseas al ver la etiqueta del café soluble que ostenta una “aromática” taza de café 100% puro de grano.

Me apuro para salir de casa y comienzo a conducir los 5 Km hasta la estación del tren. Durante el trayecto, casi cada fachada, cada techo en el camino tiene algún tipo de anuncio, cada local comercial, además de su nombre y giro, está “generosamente” salpicado de lemas y logotipos de las marcas que venden; de todo como en botica.

Más aún, muchos vehículos del transporte público han sido pintados de un escandaloso verde bandera y ostentan con gran orgullo el lema: “Gobierno que sí cumple”.

Ya en el andén de la estación, estruendosas pantallas de TV muestran entre cada comentario de cotilleo de los personajes de la farándula, “ingeniosos” anuncios de casi cualquier cosa que uno se pueda imaginar. Pero si no quieres levantar la vista, siempre tienes la opción de ver alguno de los gigantescos carteles publicitarios que adornan el otro lado de la vía. Y si estos no satisfacen tu apetito por la publicidad matutina, puedes voltear hacia la parte dorsal del andén que cuenta con numerosos diplays muy bien iluminados: Uno que oferta condominios, otro pantalones y otro más un centro comercial cercano.

Ya dentro del tren y cómodamente sentado, veo frente a mi dos pantallas más, una a cada lado del vagón, y por supuesto están mostrando un anuncio: el estreno de una nueva obra cinematográfica creo que entendí. Mas que harto me coloco los audífonos (cascos) y pretendo enterarme de las principales noticias del día a través de la radio. De los 25 minutos que toma el trayecto, aproximadamente la mitad han sido consumidos por anuncios, todos ellos de artículos y servicios que nunca jamás voy a consumir ni a contratar.

Ya en la Ciudad de México, la escena se repite, ejem, empeora. Los vehículos del transporte público están “gloriosamente” decorados en todo su exterior con anuncios, anuncios y más anuncios, desde detergentes hasta servicios de instituciones financieras. A bordo del Metrobus comparto el asiento con una joven que va hojeando una revistucha con dimes y diretes de las actrices y actores de la TV; no puedo dejar de notar que pasa las hojas con rapidez, sin detenerse a ver realmente nada, una mirada rápida me muestra la razón: ¡No casi hay artículos! Solamente páginas y páginas con anuncios comerciales.

Casi al llegar a mi lugar de trabajo, en el último cruce de avenidas importantes, me encuentro con que durante el semáforo en rojo, unos personajes con “jocosos” disfraces, ocupan el arrollo y pasean frente a los conductores un cartel que muestran las bondades de contratar los servicios de un operador de telefonía: “La letra chiquita de tu operador es para que te la dejen ir en grande”. El colmo del mal gusto y de la vulgaridad. Agresivo y soez son calificativos que se quedan cortos.

Casi a las puertas del colegio una persona me ofrece un flyer con la publicidad de una “escuelita de computación”: cursos para que personas mayores (seguramente así me veo) aprendan a usar las redes sociales, eso sí en el reverso hay un mapa guía de las estaciones del metro.

Pago como cualquier empleado de este País mis impuestos y espero obtener a cambio un mínimo de limpieza en las calles, pagué con religiosidad (y por adelantado varios viajes) cada uno de los servicios de transporte que usé, y que se diga lo que se diga son caros, especialmente cuando se observa el nivel salarial de esta nación, es decir, el número de horas que debo trabajar para costear cada viaje. Mi ocasional compañera de viaje tuvo que pagar por una revista que casi en su totalidad ofrece pamplinas.

Entre los muchos argumentos, lamentos y hasta amenazas que he leído y escuchado en algún podcast en los últimos días, me ha producido hilaridad uno en particular: “Los usuarios parecen haber roto el pacto tácito que teníamos, contenido gratuito a cambio de la publicidad incluida.” (Genbeta)

Si yo fuera una persona violenta, casi con seguridad hace mucho tiempo que habría encarnado al personaje de “Un día de furia” que protagonizó con maestría el genial Michael Douglas. No existe ningún acuerdo, ni tácito ni de ninguna especie con respecto a la publicidad. De todo lo que relaté anteriormente, únicamente el noticiario radiofónico representó algo opcional en mi trayecto.

Los medios de la red solamente se están mirando al ombligo, observan con “terror” su futuro y se rehúsan a comprender la cruda realidad. Estamos hartos de tantos y tan malos anuncios publicitarios. La diferencia entre los medios en la red y todos los otros es que por primera vez tenemos un “botón mágico” para silenciar la abrumadora publicidad comercial y la propaganda gubernamental.

Sencillamente no atinan a comprender que para el común de los mortales no existe una diferencia entre los miles de anuncios violenta y abruptamente impuestos a lo largo de cada día de la vida y los que aparecen en la Internet. Cuando tú y yo llegamos a casa y por la noche y nos sentamos frente al PC para enterarnos de los que nos plazca, sin importar si son las noticias familiares en la red social o el cotilleo político del momento en algún diario en línea, ya estamos completamente saturados, hartos y fastidiados de tanta publicidad. Como bien apuntan sus propios estudios de mercado, cuando se instala un bloqueador, permanece per secula seculorum.

Hay incluso quién confunde (o pretende confundirnos) la libre empresa con la publicidad. Absurdo e infantil!

Pero “no tiene la culpa el indio, sino el que lo hace compadre” reza el dicho mexicano, estamos así, porque nosotros mismos lo hemos no solo permitido, incluso lo hemos fomentado. Como yo lo veo la solución no es un asunto de grandes reformas legales, como la que impulsó el gobierno de la Ciudad de México para retirar miles de anuncios espectaculares, que por supuesto han sido sustituidos por cientos de miles de anuncios integrados al “mobiliario urbano”; adecuadamente controlados por los afines al gobierno en turno (y yo no afirmo que hay corrupción detrás de esto, ideas raras mías con seguridad).

La solución final pasa por los bolsillos de los fabricantes y comerciantes. ¿Qué pasaría si en lugar de tener listas blancas y negras de anuncios y anunciantes en los bloqueadores, tuviésemos listas de productos con publicidad, mala, excesiva, agresiva y/o aberrante ligados con el dinero en nuestro bolsillo?

¿Qué tal una “App” en el móvil que verificara listas de calificación de anuncios por los propios usuarios, y nos indicara cuales productos no adquirir debido a su tipo de publicidad?

Business are business, y los comerciantes son como los chivos, nada mas les tocas la bolsa y reculan. Una masa suficiente de usuarios calificando (ya no digamos siguiendo las recomendaciones) los productos por su publicidad, causaría el retiro de grandes cantidades de anuncios de todas partes.

¿Esto es malo para los medios? Sinceramente lo dudo, hoy en día la publicidad se ha abaratado a tal grado, que pronto no valdrá la pena. Pero con pocos anuncios de buen gusto y bien cobrados terminarían por estar mejor. No digo nada nuevo, así era antes, cada medio tenía que ir a vender a los anunciantes su espacio, y entre unos y otros había una exigencia de calidades y frecuencias que pocas veces abandonaban la mesura y el buen gusto, y cuando así pasaba unos y otros lo pagaban caro.

Hoy lloriquean y se lamentan, pero solamente pretenden alimentarse de las tetas del distribuidor de publicidad, es decir firman un contrato, incluyen algunos trozos de código javascript en sus publicaciones electrónicas y comienzan a mamar el cada día mas exiguo flujo de monedas. Y son los propios medios testigos de este comportamiento. En un podcast de Hipertextual hacen referencia que hace pocos años cada mil vistas de anuncios se pagaban en varios euros y hoy apenas reportan unos centavos.

En resumidas cuentas, el tema no es la publicidad y los anuncios en la Internet, el verdadero problema es el exceso y la grosería de la totalidad de anuncios en nuestra vida diaria. La solución no está en los bloqueadores de publicidad (y mucho menos cuando se convierten en una mafia de extorsión como AdBlock Plus). La solución pasa por ti y por mi.

Evidentemente en algún punto del futuro la publicidad cambiará, se transformará para volver a ser “aceptable”. Eso sí, no pasará en tanto cada quién solamente vea con atención el propio ombligo. Eso sí en tanto llega ese día, contamos con bloqueadores de anuncios y otras herramientas para mantener nuestra privacidad a resguardo.

 

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4 pensamientos en “Cuando solamente se mira el propio ombligo.

  1. He descubierto tu blog buscando algo sobre PCLinuxOS y ¡Me ha encantado! Desde el nombre, pero sobre todo por el contenido. Con relación a esta entrada, efectivamente, el problema no es la publicidad es el abuso grosero de la misma, casi que invitan a navegar solo en modo texto. Pero creo que la política de los anunciantes va por pretender comprar o ilegalizar a los bloqueadores de anuncios, antes de cambiar de estrategia.

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    • Hola:
      Gracias por tus amables comentarios, espero que visites el blog.

      Lo que comentas es probable, sin embargo es una guerra que no se puede ganar. Si los servicios de anuncios compran a servicios de bloqueo, nacerán otros; peor aún muchos de ellos con la esperanza de ser comprados. Si se ilegaliza, bueno no hay forma de hacer que una lista de sitios, o el software libre sufran semejante destino.
      Y por supuesto, si se introducen nuevas medidas tecnológicas antibloqueo, surgirán inevitablemente las correspondientes contramedidas.

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