Lo público, lo privado y lo confidencial (1)

Imagina que te encuentras cómodamente sentado en un lugar público, una cafetería por ejemplo, y que en tanto esperas algo o a alguien te pones a leer una revista o un diario. De pronto desde un asiento cercano un individuo acerca la cabeza para leer lo mismo que tú; peor aún comienza a hurgar en tus bolsillos para sacarte la identificación. Con total descaro toma fotografías de los datos que en ella aparecen y una vez que ha terminado, tranquilamente espera a que des vuelta a la página para ver que más vas a leer.

¿Cuál sería tu reacción? La mía sin duda sería ponerme de píe y propinarle un par de trompadas al fresco patán. Además con mucha probabilidad estrellaría el aparato con el que tomó las fotos y enseguida pediría la intervención de la policía.

La pregunta entonces es: ¿Cómo es posible que cuando estamos navegando por la Internet permitimos que no solamente uno, generalmente varios de estos “mirones” estén hurgando en lo que tu estás haciendo y siempre que lo haces toman nota no solamente de eso, además toman tus datos de referencia?

¿Acaso nos hemos vuelto locos? O valdría la pena preguntarnos si simplemente ¿la pantalla nos transforma en imbéciles?

Cuando comenzó la Internet, había pocas cosas en ella, principalmente sitios científicos de divulgación donde los articulistas podían publicar lo que se les venía en gana (más o menos) sin tener que pasar por los filtros y la burocracia de las revistas de divulgación científica. También pronto se les unieron sitios informativos y propagandísticos de los gobiernos nacionales. Con el paso del tiempo las grandes empresas abrieron portales corporativos, que realmente poco o nada tenían de intención comercial. Su propósito principal era “tener presencia” y poner a disposición de los interesados información corporativa: Directorio, estados financieros, concepto, marca, estrategias y otras cosas que a la mayoría de los mortales poco o nada nos interesan.

Con el avance de la tecnología comenzaron a surgir sitios personales con una variedad a veces repugnante de temas: Neo Nazis, Skinheads, Odio racial y cosas así. Además por supuesto de sitios con intereses legítimos como un sitio que permitía acceder al depósito ftp de las 3857 fotografías que el abuelo ricachón había tomado el día del nacimiento de su primer nieto.

Así teníamos un escenario donde los únicos que hacían dinero eran los fabricantes de computadoras y los proveedores de servicios de comunicaciones (ISP). En tanto que todos los que generaban (lo que hoy llamamos) contenidos, debían costear de su peculio el mantener el funcionamiento de la página. Todo iba bien (o mal) hasta el día que a alguien se le ocurrió que los contenidos deberían ser pagados. Entonces comenzaron a aparecer páginas que para poder acceder a su contenido necesitabas pasar por caja. ¡Sí adivinaste! Aquí aparecieron los sitios de pornografía pagada y los de “desnudo artístico”. Sorprendentemente esto funcionó, y más aún, funciona más que saludablemente hasta el día de hoy.

Otros que no estaban interesados en el negocio del porno, intentaron copiar el modelo y si bien es cierto que funcionó (pobremente) durante un tiempo, lo real es que no tuvo un éxito duradero. ¡Poca gente estaba dispuesta a soltar plata para leer los últimos poemas de amor de mi abuela fallecida dos décadas atrás tras un fulminante flechazo por el rostro (entre otras cosas) de un apuesto galán de treinta y algo (casi sesenta años más joven que ella).

Pero el mundo está lleno de chicos listos, de esos que “piensan” y están dedicados a buscar la mejor forma de fastidiar al prójimo. De modo que se recurrió a añadirle a las páginas anuncios publicitarios. Feos, chillones, insultos al buen gusto, intrusivos y cuanto calificativo negativo pudiera escribir estaba presente; esto especialmente porque las grandes marcas, con sus cuidadosos y rígidos estándares no estaban interesadas en anunciarse en el sitio de reseñas de carreras de autos hechos con cajas de jabón.

Los primeros tipos de publicidad no se cobraban al anunciante, era el propio sitio o página la que se encargaba de todo el proceso, incluso del “diseño artístico” del anuncio. Y los anunciantes eran o pequeños comerciantes o de plano mercachifles fraudulentos: “baje 100 kilos en 3 días” o “viaje al infierno con boleto de regreso garantizado”. La tecnología había nuevamente avanzado y si bien aún nadie tenía herramientas que contabilizaran correctamente las visitas a un sitio, sí ya había una forma de registrar desde donde llegaba el internauta. De esa forma el pago de la publicidad se hacia “por clic”, es decir, en el sitio del anunciante se registraban las llegadas que se daban desde el sitio donde se tenía contratado el anuncio. Apenas unas fracciones de centavo por cada clic.

De este modo los creadores de contenido comenzaron a esforzarse realmente para atraer visitantes, que tal vez se sintieran atraídos a dar el necesario clic. Como esto tampoco funcionaba muy bien, un chico simpático (Dios lo guarde en el infierno) invento los “pop-up” que lograban con mucha frecuencia que el incauto navegante diera clic por error y terminara en el soñado sitio del anunciante.

Una cosa da paso a la otra y comenzaron a aparecer las llamadas “comunidades” cuya presencia aún está entre nosotros, principalmente en lugares como Yahoo y MSN. Plagados de anuncios, comenzaron a ofrecer ya no solamente contenidos, también servicios. Comenzando por el correo electrónico “gratis” desde una página WEB, le siguieron las salas de chat, los foros de intereses comunes y otros mecanismos de mensajería instantánea. A continuación se presentaron los primeros sitios personales gratuitos. ¿Quién no se acuerda de Geocities? Nuevas y maravillosas ideas: Dejad que los usuarios generen el contenido, nosotros les pondremos la publicidad.

Entonces el negocio tenía por objeto lograr que el usuario estuviera la mayor cantidad de tiempo “dentro del sitio” para poder exponerlo a la mayor cantidad de anuncios posibles. El trato era más o menos justo; los mortales teníamos acceso a servicios nuevos “gratuitos” y a cambio nos recetaban generosas dosis de anuncios publicitarios, que por cierto ahora además de los pagos por clic, también debían pagar por el espacio como en cualquier otro medio.

La evolución tecnológica es imparable y pronto fue posible controlar el acceso de forma regional. Todavía recuerdo con horror la primera vez que intenté entrar a Yahoo, y fui amable, pero implacablemente conducido a Yahoo México. Esto por supuesto generó nuevos ingresos: Anuncios locales, regionales y globales. ¡Estupendo! Antes la mayoría de la publicidad me era ajena, nada que pudiera comprar en mi País. Ahora al igual que al resto de los pobres infelices me endilgaban lo que ya sufría en cualquier otro medio.

Pero nada es bello para siempre, apareció Google y trajo una nueva y malévola idea: Tomar del visitante los datos y ofrecérselos a los anunciantes con el fin de hacer la experiencia de navegación completamente personalizada. Como en la mayoría de los lugares es sí no ilegal, cuando menos cuestionable el vender los datos de un tercero sin su consentimiento (y sin recibir una parte de la transacción) Google ideó preparar la colocación de la publicidad ellos mismos sin compartir los datos con el anunciante; es decir le venden lotes de anuncios a usuarios focalizados, sin que el anunciante sepa quienes son.

Pero la no conforme con esto Google encontró la forma lograr “saber” los hábitos de navegación de los usuarios, en primer lugar con el buscador: buscas lo que te interesa, y en segundo lugar con el correo electrónico: escribes y lees lo que te interesa. Los servicios de Google muy pronto superaron a los de la competencia y se llevaron a los anunciantes a su casa.

Mas ambición y pronto Google comenzó a distribuir otras herramientas “gratuitas”. Ahora para los administradores de cualquier sitio (Google Analytics por ejemplo). Herramientas útiles para ellos, pero que de paso le envían mucha información al propio Google, y así la visión de Google abarca mucho más de lo que su propio buscador y servicios pueden proporcionar. Servicios para los administradores, widgets para los blogs y páginas diversas. Todos ellos hacen las veces del fresco del que hablaba al principio de este artículo. La única diferencia con él, es que no puedes verlo, y como dice el dicho: “Ojos que no ven, corazón que no siente”.

Como no tienes la impresión de su presencia prefieres hacerte el loco y fingir que no está ahí, o si lo prefieres simplemente te olvidas del asunto. Entre tanto Google lee lo que tú, no por que le importe, solamente quiere saber que te interesa para incluirte en un paquete publicitario, que en esta forma tal vez deba compartir algo de sus ganancias con el dueño del sitio donde hay anuncios. Y sí, toma tus datos para que puedas ser reconocido por donde navegues y siempre encuentres un anuncio especial para ti.

Para empeorar las cosas, otros igual de vivales han seguido el mismo camino: Facebook, Twitter, Evernote y tantos y tantos otros “preciosos” servicios gratuitos que ahora abundan en la red. Ofrecen maravillas y solamente te piden a cambio que les digas quien eres, que te gusta, con quien te acuestas y donde lo haces. Para que ellos puedan guiarte con entera libertad a los ardientes brazos de sus verdaderos clientes.

¿Suena feo? Pues se puso peor. Con toda esa tecnología lista y operando tenía que aparecer el verdadero “Gran Hermano” que con horror predijo Orwel allá en 1949; superando con creces el pavoroso mundo descrito por Huxley en 1932.

Como ya me extendí mucho, en el próximo artículo hablare de algunas técnicas y programas para no conceder tanta información a terceros indeseables.

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2 pensamientos en “Lo público, lo privado y lo confidencial (1)

  1. … Recordando a Huxley, todo aquel que estaba al margen o fuera de ese “Mundo feliz” era considerado poco menos que un paria. Pueden imaginarse, hoy en dia, a una persona sin perfil de facebook, sin una cuenta de correo, sin smartphone, y todas esas chucherias de las que difrutamos hoy en día?… Tienes razón Gato, ese es el mundo feliz, aquel en el que los hombres eran creados y criados en fábricas.

    A mis treinta y poco de edad, y viendo la competitividad laboral tomé la decisión, hace 2 años, de iniciar una segunda carrera, muy diferente a mi primer carrera. Esta carrera está muy ligada a las tecnologías de la información (como hoy se hacen llamar) y ahora con un poquito mas de colmillo que en mis días pasados, me doy cuenta que cada vez estamos mas y mas envueltos en ese bombardeo masivo.

    A pesar de estudiar en una universidad autónoma (aún son un firme creyente de las escuelas públicas), uno no puede evitar darse cuenta de lo ahorcado de los sistemas educativos.

    La materia de “Programación Visual” es 100% Visual C#… Profesor!!! Yo no tengo para pagar una licencia de Visual Studio!!!… Recurrir a la piratería?, afortunadamente tengo MonoDevelop a la mano

    Dibujo asistido por computadora… SolidWorks… No tengo para pagar una licencia

    Manufactura asistida por computadora… Solidworks y Mastercam… No tengo para pagar esas licencias

    Entonces quedas en la disyuntiva… Consigo el software pirata?

    Es remar contra la corriente, por un lado las universidades se llenan la boca con la palabra “Ética”, pero cuando te ahorillan a tomar medidas que van contra la ética en pro de la educación en que se convierte entonces?

    Para rematar, el correo a utilizar tiene que ser la cuenta que la universidad creó para ti, que resulta ser una cuenta de gmail renombrada con el dominio de la escuela… Los trabajos en equipo deben ser distribuidos mediante un grupo de facebook…

    Eso somos hoy en dia…

    Excelente artículo Gato…

    Me gusta

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