La religión de la ciencia.

Cuando yo era muy joven, mi padre que tenía una preclara inteligencia acostumbraba incentivar mi formación proponiéndome situaciones absurdas o de plano realizando postulados con las mas variadas tesis anticientíficas; para ello siempre se aprovechaba de mis inocentes conversaciones de “sabelotodo”. Así, apoyado en mi natural curiosidad y animo siempre dispuesto a discutir, mi padre me lanzaba cada día en una aventura dialéctica en la que yo “me sentía en la necesidad” de probarle que estaba equivocado.

-Pero como crees papá, no es posible crear un artefacto que produzca mas energía que la que requiere para funcionar.

Discutir con él no era nada sencillo, gran conversador y argumentista; de mente ágil y una sólida formación cultural, me obligaba a cada paso a documentarme, a preparar mis propios argumentos y en muchas ocasiones a realizar experimentos. ¡La sola idea de ganarle aunque fuera una sola discusión era un acicate mas que suficiente!

Así paso a paso y en realidad sin darme cuenta del propósito de su juego (lo fui a entender ya muy mayorcito). Aprendí a tener un sólido pensamiento científico, aún antes de estudiar los famosos cuatro pasos del método científico.

Por supuesto también aprendí a desconfiar de las afirmaciones “científicas”, especialmente de aquellas que no pueden ser sustentadas en las sólidas matemáticas y/o en la experimentación física.

Hoy en día, con la enorme exposición a los medios, los chicos se ven bombardeados de toda clase de doctas afirmaciones pseudo científicas. Algunas que casi han hecho que me orine en los pantalones, por ejemplo, hace unos años observaba un programa de TV en uno de los prestigiados canales de divulgación científica. En algún punto, apareció un docto personaje que afirmó que: “Los perros no pueden tener sueños”. Por una de esas curiosidades del destino, mi perro que estaba echado a mis pies tenía en ese momento ya no digamos un sueño, claramente estaba experimentando una pesadilla. Gemía, movía las patas como si estuviera corriendo, temblaba y presentaba el MOR (movimiento ocular rápido) claro indicativo que estaba sumergido en un sueño. ¡Valiente afirmación “científica”!

Estamos acostumbrando a los chicos a aceptar las “verdades científicas” como si de dogmas de fe se tratara, en vez de alentarlos a desconfiar de ellas, en vez de animarlos a probar por su cuenta, a estudiar, a observar y a experimentar. ¡Newton de cagaría en los calzones, y dejaría los hombros de los gigantes sobre los que se levantó llenos de mierda!

Cuando se les pide que realicen algún trabajo escrito, les exigimos que claramente hagan las referencias a lo que dijo, postuló o escribió fulano o mengana. Y así nos encontramos con “doctos” documentos (especialmente en las muy cuestionablemente llamadas “ciencias” sociales) en los que se lee: “de acuerdo con tituntanchan” o “como afirmó maracuchan” e inmediatamente se encuentra la referencia bibliográfica correspondiente.

Reconocer que un fulano X realizó tal o cual afirmación no es por supuesto malo; lo espantoso es dar su dicho como una verdad quasi divina. Para ponerlo en claro español. Si este individuo era un asno o peor aún un vivales, nos topamos en demasía con que otro escritor posterior, sustentará sus opiniones en el primero, y la cadena con una muy desafortunada frecuencia se extenderá (y de hecho se extiende) a lo largo de los años y de los autores.

Para muestra permíteme recordarte amigo lector un caso muy divertido: En algún punto de la primera mitad del siglo XX, algunos brillantes psiquiatras sostuvieron que la disfunción eréctil tenía su origen en causas psíquicas. Con el paso de los años, se originaron diversas “escuelas de pensamiento” que buscaron afanosamente enfrentar el masculino problemita. Surgieron entonces como dientes de león en un campo primaveral, miles y miles de analistas en todas las ciudades del mundo, que hicieron pingües ganancias dando consulta a millones de desafortunados varones, que no podían gozar de los placeres del amor (pero que poético me veo).

50 años o mas de esto, y claro como en el cuento del sastre del rey, ninguno de los pacientes reconocería que a pesar de las sesiones (y de los dinerales invertidos), nada mas no se les paraba el asunto.

El cuento como todos sabemos terminó cuando por error se descubrió la nunca suficientemente alabada píldora azul (el Viagra), que cual sigue siendo hoy en día uno de los fármacos más vendidos en el mundo (si no el que más).

Lo que nunca se dice es que pasó con esa gran cantidad de pseudo científicos que lucraron y lucraron hasta el cansancio a sus infelices clientes, perdón debí decir pacientes. Por favor si alguien conoce algún escrito de uno de esos famosos e ilustres “mártires de la ciencia” en el que admita su error y ofrezca disculpas, le estaré muy agradecido. Lo que de ninguna manera creo que encontramos será una prueba de que siquiera alguno de ellos haya devuelto a sus víctimas un solo céntimo de lo cobrado. Perdón que no me refiera a sus descendientes, podría ser que no hubiese.

Tenemos que enseñar a nuestros muchachos no a confiar en los postulados científicos, tenemos que enseñarlos a tratar de probarlos y mejor aún a rebatirlos con rigor científico cuando el caso lo amerite.

La ciencia no es una religión. ¡Dios no lo permita! Los científicos, por muy grandes e importantes que hayan sido, no fueron mas que seres humanos como tú y como yo. Imperfectos, llenos de fallas, sujetos de error y limitados.

Conduzcamos a los chicos a pararse (confío en que sin necesidad de Viagra) sobre los hombros de gigantes, no a recostarse cómodamente en su regazo. No permitamos que el imperio de la razón y el verdadero conocimiento se nos convierta en polvo en las manos, como en la novela corta de Orson Scott Card: El Originista (Asimov y sus amigos. Ed. Bruguera) porque nos limitemos a citar y conciliar o rebatir a los autores precedentes.

Reta a tus estudiantes, debate con ellos, experimenten juntos, proponles situaciones absurdas, se paciente con ellos. Quizá al paso de los años recibas una recompensa como la que me dio hace poco un ex alumno, que ahora hace sus pininos impartiendo clase: “Que cantidad de barbaridades nos decías” me dijo, “y que trabajo constaba rebatirte siquiera un punto”. Sonriendo le pregunté: “¿Tuviste que esforzarte, aprendiste algo para taparme la boca?” Con mirada pícara me contestó: “Claro, lo único que deseaba era precisamente eso”.

Gracias Cesar. Te quiero.

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